LOS TRES PILARES
1º Dejar claro que se ve con malos ojos la agresión.
El perro debe tener muy claro que nosotros rechazamos cualquier conducta agresiva.
Esto no es ninguna tontería. Se le hace sentir al perro con nuestras expresiones de rechazo “inme-diatas” a cada gruñido, etc. Siempre. No unas veces sí y otras no.
. Lo que se aprende por este medio, a veces se guarda durante años.
Hace algún tiempo cogimos ochenta niños de cinco años. Pedimos a sus profesores que los clasifi-casen en base a la conducta agresiva que solían manifestar (la edad de cinco años en los humanos resulta especialmente agresiva). Los dividimos en dos grupos de cuarenta niños cada uno, repartien-do equitativamente a “los agresivos” en ambos grupos.
Primero a un grupo y después al otro, un profesor les enseño a encajar las piezas de un sencillo puzzle. Con el primer grupo, el profesor tuvo especial cuidado en no mostrar ninguna actitud agresi-va. Con el segundo, por el contrario, mientras les enseñaba a encajar las piezas, el profesor dio muestras de frustración, soltó algunos tacos, colocó piezas golpeándolas. Se mostró iracundo.
Una vez en sus clases, se pidió a los niños que elaborasen el puzzle. Ninguno de los que no presen-ció agresividad dio muestras de agresividad. Sin embrago, varios niños del otro grupo, del que había presenciado la asociación agresiva del profesor, mostraron agresividad a la hora de encajar las pie-zas.
Cuando estudiemos cómo aprenden los perros, verás qué cantidad de cosas importan-tes aprenden los perros por modelamiento, imitando modelos.
Nuestros perros disponían de un hermoso pinar para su esparcimiento. El pinar estaba separado de un camino rural poco transitado, por un muro bajo y una valla. El camino era frecuentado por perso-nas que paseaban sueltos a sus perros. A los nuestros les encantaba recorrer la valla ladrando a los paseantes.
En cierta ocasión soltamos entre ellos por primera vez a una perrita de cuatro meses. Ella les había oído ladrar decenas de veces desde la protección de la perrera, pero nunca les había visto “hacer la valla”. Cuando se lanzaron todos a ladrar al primer viandante, las actitudes amenazadoras le impre-sionaron. Salió corriendo hacia el interior del pinar. A unos diez metros, se sentó mirándoles fijamen-te. Estaba aprendiendo.
Al segundo día, entre las patas de todos, revolcada y pisoteada por todos, recorría la valla como los demás.
¿Imaginas si hubiésemos tenido que enseñarle a “hacer la valla” sin la concurrencia de los perros adultos?
Al perro hay que privarle de modelos agresivos, empezando por el nuestro.
Si la conducta agresiva del perro es un problema para nosotros, el perro lo sabe y no debemos reaccionar con agresividad. No debemos mostrarle que los problemas se resuelven agrediendo.
Y esto es tanto más cierto, cuanto más identificado esté el perro con nosotros. ¡Cuánto más vea por nuestros ojos!
No sólo sobran nuestros golpes, sino que sobran los gritos, los nervios y las precipita-ciones. Si hay que abrirle la boca violentamente, para que suelte la presa, se hace, pero sin agresividad, sin ira.
¿Ves para qué sirve tener clara la diferencia entre agresividad y violencia?
La educación de la agresividad debe realizarse con tenacidad germánica y flema in-glesa.
CONSEJOS PARA LA INTERVENCIÓN REFERIDOS A
ALGUNOS MECANISMOS DESENCADENANTES DE CONDUCTA AGRESIVA
Frustración mal controlada
Se suele decir que la resistencia a la frustración, la calma y la paciencia dependen de la “naturaleza” de cada cual, refiriéndose a la personalidad. Es cierto, pero no lo es menos que estas características, ante todo, son fruto de la educación recibida.
Cuando un perro agrede por frustración, conviene hacer una evaluación de la misma. Hay perros que necesitan mucho motivo frustrante para encolerizarse y, si alguna vez lo hacen, tal vez resolviendo el motivo, hayamos solucionado el problema.
Un perro con buena resistencia a la frustración recibe amenazas continuadas de otro perro y no res-ponde. Una y otra vez, no responde. En un momento determinado, el amenazante pasa a agredir, y el paciente responde.
Imagina que los propietarios son muy responsables y te lo traen a consulta. Este perro no tiene un problema de agresividad y por tanto, no merece un tratamiento. Lo que hay que hacer es quitarle al “pesado” y asunto concluido.
Hay otros perros que tienen muy mala resistencia a la frustración. Todo les frustra y encoleriza. En estos casos déjate de motivos; diagnostica el trastorno y trata al perro aumentando su capacidad de frustración e impidiendo que agreda.
La adquisición de la resistencia a la frustración depende de la personalidad de cada perro, pero sobre todo es una cuestión de educación.
Esta quincena te vamos a proponer un ejercicio para que definamos entre todos un método concreto para aumentar la resistencia a la frustración.
Impulso biológico defensivo
Si el perro sólo presenta este mecanismo psicológico desencadenante de conducta agresiva, la solución no debe complicarse, salvo que se trate de ejemplares seleccio-nados genéticamente para este tipo de respuesta.
Generalmente, se suele mitigar lo suficiente para la convivencia por efecto de la mis-ma convivencia. Por tanto, hay que estudiar la socialización practicada y reiniciarla, si fuese necesario
No protegerle nunca. ¡Cuidado con la correa! Tenderá a protegerse en la correa. En esa situación, cada tirón que dé el dueño hacia atrás, le dará seguridad y le envalen-tonará.
En un cruce fortuito con otro perro, hay que sacarlo de aquella situación hacia delante. Se acelera el paso; la correa queda un poco floja, rebasamos al animal, y tiramos de él hacia delante o hacia un lado. Nunca hacia atrás.
El Radio Collar Educativo, cuando se utiliza sin la más mínima crueldad, es un instru-mento mágico para estos casos.
Con los animales que tienden a reaccionar con este mecanismo, siempre hay que te-ner presente que hay dos motivos que pueden incitarles a agredir, aunque estén muy trabajados. Uno es por proteger a los niños de la familia y el otro, en las hembras, por proteger a los cachorros de la camada.
Aunque la mayoría sean casos sencillos, vete siempre con tiento porque si además coincide un trastorno por protensión excesiva (desconfianza y recelo excesivo), es probable que fracases. Si coincide con algún miedo, lo más probable es que lo saques adelante. Si coincide con una fobia, ¡ahí te queremos ver!.
Estas complicaciones implican un tratamiento previo o simultaneo de ese otro trastorno coincidente o asociado. Después, si todo ha ido bien, se intenta la socialización. Por desgracia, en ocasiones sólo se consigue una socialización deficiente y hay que bus-carle al perro una vida en un lugar aislado.
Impulso biológico depredador
El gran estímulo es algo que se acerca o se aleja, sobre todo esto último. Casi siempre el movimiento les “lanza”.
Si el perro sólo se tira hacia personas o perros de alguna raza concreta, vestimenta, olor, manera de moverse, etc. no lo clasifiques en este mecanismo. Es evidente que “ha cogido manía” a los individuos de esas características. Clasifícalo, por tanto, como un mecanismo psicológico desencadenante de agresividad por miedo, ansiedad, o rencor.
Este mecanismo es más simple, pero hay que corregirlo rápidamente porque, dicen algunos autores, que si comienza a generarse motivación hostil, puede derivar a pau-tas de acecho, persecución, captura, muerte e ingestión.
Revisa la socialización que practique convivencia. Muchas veces se suele mitigar lo suficiente por efecto de la convivencia. Lo mismo que en el caso anterior.
Hay que abordarlo de idéntica manera que el otro mecanismo biológico.
El Radio Collar Educativo en este caso todavía funciona mejor.
Hay que seguir el proceso hasta su desaparición completa, sin pecar de ingenuidad. La mitigación no basta. A veces la socialización y la terapia dan rápidamente un fruto superficial que provoca que se baje la guardia, pero en el fondo el perro sigue pose-yendo un resorte que lo sigue lanzando.
Hay algunos pocos casos especialmente resistentes a la terapia. A veces también te puede ocurrir con un caso que, cuando vas a darle el alta, no te quedas tranquilo, por-que en el fondo, no te fías de él. Suelen ser casos en los que había motivación hostil.
En esos casos, si topas con un propietario responsable y el perro es muy valioso, pue-des intentar especializar el impulso que le lanza a atrapar. La técnica tiene sus ries-gos. Hay que practicarla con mucha prudencia.
Se basa en una técnica cognitiva-conductual llamada “la intención paradójica” que en los humanos es tan eficaz, como difícil de que te la acepten los pacientes.
Resumiéndola mucho, consiste en lo siguiente. Si alguien te viene diciendo que cada vez que entra al Corte Inglés se marea hasta perder el conocimiento, en lugar de abordar un camino implosivo, ni la desensibilización progresiva, se pacta un compromiso con él para que acuda a El Corte Inglés y nada más entrar, antes de que se desmaye de verdad, se tire al suelo y finja el desmayo.
Con unas cuantas “tiradas” a la piscina, el miedo al desmayo se desnaturaliza. Comienza a elegir zona de moqueta blanda, algunos empleados de El Corte Inglés le van conociendo y le aplauden, y … AQUELLO YA NO ES LO QUE ERA y decide olvidarse del “trauma”.
¡No pienses que nos hemos vuelto locos! Adiestra el perro en defensa. ¡Lo lanzas, manga y llamada; lo lanzas, manga y llamada! Y así hasta que morder, atrapar, sea para él una rutina, un trabajo. Lo que se pretende es desnaturalizar el hecho de atra-par y morder.
Hazlo atentamente, observando con esmero al perro durante el proceso.
Si en algún momento del mismo, observas que el perro en lugar de morder cada vez más como un autómata, como rugen los leones en la jaula del domador, le está co-giendo gusto a la manga, corta inmediatamente.
Ansiedad-culpa o rencor
Asegúrate de que la agresividad está polarizada en el perro o la persona, o grupo, que narra el propietario. Ten cuidado, porque esta conducta tiende a generalizarse con facilidad y es probable que el perro también arremeta contra otros “objetivos” sin que el dueño se haya percatado todavía.
Los perros con este mecanismo crean motivación hostil rápidamente.
Hay que tener especial cuidado cuando coincide en sujetos que poseen esa carac-terística racial consistente en lanzarse inesperadamente sobre el objetivo. En ese ca-so, es fácil que también coincida con una sensibilidad muy dura, o lo que es lo mismo, con una resistencia extrema al dolor y al castigo.
Se puede complicar extraordinariamente en perros recelosos, aunque pertenezcan a razas “dulces”.
Si el caso es “blando”, y cuentas con un dueño responsable, empieza por conseguir que el perro obedezca SIEMPRE a su llamada, a CUALQUIER DISTANCIA. Eso es “por si acaso”, para evitar accidentes y para poder pasar a una desensibilización.
Después intenta la habituación del perro al objetivo, mediante una técnica bien plante-da de desensibilización progresiva.
Si ves que el perro obedece, pero no pierde “ganas”, no sigas. Es peor.
Lo ortodoxo es intentar desde el principio la vía de la dependencia. Es muchísimo más eficaz.
Si el caso es duro, monta directamente la estrategia de la dependencia.
En un caso extremo, si el perro es muy valioso, puedes pensar en la “Cámara de Re-programación o Recuperación Psicológica” para perros con daño psicológico grave, que estudiaremos en este curso.
Cuando no veas un resultado perfecto, si el perro tiene potencial de daño, aconseja que lo alejen de por vida del motivo del rencor. Asegúrate de que hay suficientes ga-rantías de que no coincidirán nunca. Se debe advertir al nuevo propietario de que el animal “tal vez” tienda a coger manía a alguien.
Miedo o fobia
Diferencia bien si el perro muerde por miedo o por una fobia. Cuando estudiemos los miedos y las fobias te resultará muy fácil hacerlo.
Delimita bien las fobias, porque se trata de un trastorno de ansiedad y la ansiedad se generaliza (extiende) rápidamente.
Procura evitar la primera agresión, porque el problema suele complicarse mucho a par-tir de la primera vez que muerde.
La terapia consiste en eliminar el dolor psicológico que provoca el miedo o la fobia en el animal. La terapia del miedo es muy fácil. La de las fobias es mucho más difícil. A los que afirman que curar una fobia es fácil, les ocurre que confunden las fobias con los miedos.
Hay que proteger al perro durante la terapia para que no agreda.
Considerar siempre que la posibilidad de que el desencadenante de la conducta agre-siva pueda consistir en una protensión excesiva. Es excepcional, pero si es así, hay que tomar medidas muy firmes para impedir la agresión y abordar la terapia de la pro-tensión. Es muy difícil.
Excitación con insuficiencia que impide alcanzar la meta
Es un mecanismo muy poco reflexivo, muy impulsivo.
Por eso resulta difícil de educar. El animal en el momento que te “tira” no piensa.
Vigila que no se inicien otros mecanismos desencadenantes. Hay propensión a ello, sobre todo si el animal es muy excitable.
O lo militarizas a fondo con un adiestramiento básico riguroso y luego lo mantienes a raya toda su vida, o le enseñas al dueño a quitarse del medio.
Es más fácil hacer un dueño torero que uno responsable que viva toda la vida atento a cortar a tiempo “los nervios” del perro.
Si no hay peligro, y pocas veces lo hay, resulta mucho más sencillo lo segundo.
Si se opta por la segunda vía, hay que informar al dueño de que, ante el menor riesgo, debe adoptar medidas de control especiales adecuadas a las circunstancias en las que se genera la conducta agresiva (bozal cuando coincide con niños en un espacio reducido: coche, caravana; o cuando entra a un ambiente excitante).
Por conflictos internos
Lo típico es que estos perros cascarrabias acepten la ascendencia de las personas y dirijan su mal humor sólo hacia otros perros. Pero, aunque la sangre no suele llegar al río, hasta el propietario puede esperar un gruñido, o algo más, en cualquier momento.
Como no es fácil hacer un estudio de la personalidad del perro, sin convivir largo tiem-po con él, este mecanismo se suele achacar frívolamente a problemas jerárquicos.
Pueden aparecer conductas agresivas también muy variadas y generalizadas.
Tiene mala solución porque requiere cambios en la personalidad que muchas veces resultan imposibles.
Hay que evaluar el deterioro que está suponiendo para el perro y la gravedad de lo que hace. Si no es grave (gruñir en algunas situaciones, agresiones leves a otros pe-rros), y no se incrementa la motivación hostil, lo inteligente es adoptar algunos cam-bios en su vida para sobrellevar su mal genio.
Si posee una boca o una mordida peligrosa y la motivación hostil llega a un cuarto grado, hay que afrontar una reeducación de la conducta agresiva con mucho rigor.
No descuides nunca el control, porque se trata de un mecanismo
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